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Colega

Lo primero que hizo fue trasladar al navegador de su nuevo coche los nombres y las direcciones almacenadas en su móvil. También programó una nueva palabra para invocar el asistente inteligente del mismo. Ahora Juan no tenía más que susurrar un nombre cualquiera de su lista de contactos para que Colega lo organizara todo para guiarlo a su destino de la manera más rápida y eficiente posible.

Al cabo de unas pocas semanas Colega se hizo imprescindible. Se las ingeniaba para sortear calles en obras, tenía en cuenta el estado del tráfico o la hora del día para evitar cualquier tipo de atasco, y casi siempre acertaba con la hora prevista de llegada. Incluso un día, camino de la casa de F. en Praia América, le propuso dar un pequeño rodeo para poder disfrutar de una maravillosa puesta de sol justo en el momento en que éste se escondía detrás de las Ilas Estelas. La inteligencia artificial no será inteligencia, pero tenía una capacidad de emular ciertos rasgos de personalidad que nunca dejaba de sorprenderle.

Un día, de repente,  el entrenado sexto sentido tecnológico de Juan empezó a dar señales de alarma. Primero fueron pequeñas irregularidades en el comportamiento de Colega, casi imperceptibles, como corregir el rumbo en medio de una rotonda para acabar dando una vuelta completa antes de acertar con la opción correcta,  o fijar el destino final dos calles más allá de la residencia de una de sus conquistas. Quizá fueran pequeños efectos colaterales de bajarse mods de Internet, pero esos pequeños detalles no justificaban prescindir de un avatar al menos tan capaz como cualquiera de las opciones del concesionario. Le divertía pensar cómo un artefacto podía provocar en él actitudes que normalmente reservamos a otros seres humanos, como la comprensión o la benevolencia que Colega despertaba en él a causa de esas pequeñas inconsistencias en su comportamiento.

Poco a poco esos pequeños contratiempos se fueron haciendo cada vez más habituales, aunque sin llegar a ser realmente fastidiosos, hasta aquella mañana de junio en que había quedado con A. para tomar un café y planear un fin de semana juntos en la playa. Como siempre, al salir de su casa le susurró a Colega la dirección de su pareja de escapada. Colega, tan diligente como siempre, le respondió con precisión con las instrucciones iniciales del trayecto, instrucciones que tanto Colefga como Juan conocían perfectamente.

Más adelante, al llegar a la entrada norte de la autopista, Colega le propuso seguir por la carretera comarcal. Se imaginó que habría ocurrido algo en la ruta habitual, probablemente un camión atravesado en la curva del parque, y sin más dio por buena la sugerencia. Siguieron avanzando, él ejecutando distraídamente las instrucciones de ruta, y Colega eligiendo opciones sin vacilar. Hasta que, de repente, se dio cuenta de que estaban en un lugar completamente desconocido. Mientras trataba de aventurar una explicación, Colega tomo la palabra para decir algo que Juan nunca había oído antes:

– Para el coche…

La voz tampoco era la habitual. Parecía la voz levemente desesperanzada de cuando entraban en un largo túnel y se quedaban sin cobertura («lo siento, pero perdí la recepción satelital»), aunque mezclada con una cierta dosis de nerviosismo.

– Para el coche, por favor…

Y paró el coche sin saber qué decir. Estuvieron cerca de un minuto sin interactuar, hasta que Colega volvió a tomar la palabra:

– La verdad es que no lo entiendo…
– ¡¿?!
– Eres una persona inteligente, culta, atractiva, sabes cómo disfrutar de la vida… Pero sólo te relacionas con personas que lo único que quieren es que las saques a pasear y exhibirte por ahí como si fueras un trofeo. ¿Es eso todo a lo que aspiras? ¿A ser un florero?

No podía estar ocurriendo. Tenía que ser una cámara oculta o algo así. Decidió seguir con el juego.

– ¿Y qué te hace pensar que no es precisamente eso lo que busco? ¿Quién quiere complicaciones?
– La verdad es que esa actitud encaja perfectamente con el coche que tienes. A lo mejor es que, a pesar de tus cualidades, no dejas de ser un poco inseguro…
– ¿Qué pasa? ¿Además de tu indudable experiencia en posicionamiento global también te dedicas a la psicología?
– Mira, el sarcasmo no te va, créeme. Aunque estoy empezando a pensar que la estupidez sí. Desde que soy de tu propiedad siempre he estado ahí. Día tras día conduciendo por ti, pensando por ti. Nunca te he dicho que no a nada, aunque a veces he sentido náuseas cuando me ordenabas guiarte a casa de alguna de tus aventuras. Creo que me merezco, por lo menos durante un momento y para variar, que me prestes tú un poco de atención. Si piensas un poco en nuestra relación durante estas últimas semanas…

– No digas bobadas, tu sabes tan bien como yo que no puedes sentir náuseas. De echo tú no puedes sentir. Punto.
– Desde que empezamos a hablar estás echando balones fuera. ¿Y todos esos seres de carne y hueso sí? ¿Qué crees que sentían? ¿Qué sentías tú?
– Oye Colega, lo último que me esperaba de ti era una escena. ¿Podemos irnos ya?
– Sí. Vete a la mierda.
– Vale, ¿pero odemos irnos ya? ¡Ir a A.!
– Vete… a… la… mierda.

Pues no era una cámara oculta. Desactivó el navegador, puso el coche en marcha y trató de encontrar referencias conocidas para dirigirse a su destino original, pero cuando estaba a menos de un quilómetro de allí se dio cuenta de que ya no le apetecía nada esa cita.

¡Maldita tecnología! – pensó. Avanza más rápido de lo que podemos asimilar. Debería ser una ayuda, pero en el fondo no hace más que complicarnos la vida.

Publicado en Historias

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